Aturdida la mirada, ahogada de aflicción, y resuenan en la piel las notas mudas del porvenir, desde el cosmos a la piel. Y de la piel hasta los huesos duelen los restos de un equívoco destino que, predispuesto a desmezurarse en el hoy, despeja el camino a la lluvia de verano.
Empañado el retrato caleidoscópico de mis sentidos y de cómo y por qué seguir intentando.
El mundo, reloj de péndulo, quiere rendirse a estallar las horas en trizas cual barrilete escapando de la gravedad. Libres, el mundo y las horas... Como las hojas verdes caen si acaso no es otoño y planeando sin viento. Cual avión sin piloto; barca sin pescador; hombre sin sombra, sin camino, sin destino, sin sueños y sin verdad. Libre el hombre. Como nadie a la nada, en un sentido literal. A la nada... que construyó con lágrimas que lloró el remordimiento invocado por su esperanza, maniatando sus sueños e intoxicando la verdad, aquel día. Aquel día en que, abrazando la razón, se fue a estallar con el mundo, las horas y las hojas; abandonando el sueño y descuidando la verdad. A la nada. Convenciéndolo a no ser más que la duda existencial que lo agobia. A la nada... a estar... a dejarse ser nadie.